Aqui unos pasajes fabulosos de las mas celebre Procuradora Cacica Wanka: doña Teresa Apu-Alaya, más conocida como Catalina Wanka. Su notable descendiente de la dinastía de caciques Wankas del repartimiento de Hanan-Wanka, ahora forma parte de la provincia de Huancayo, poseían un título nobilario otorgado por la Corona de España.
"Orgulloso de confesarlo y presentarla como mi gran abuelita por linea directa".
La cultura huanca, famosa por su resistencia al dominio inca, ingresa a la leyenda popular a través de una de sus más notables representantes: Doña Catalina Apu Alaya, hija del Cacique que concilió sobre sus beneficios y el de sus descendientes, con el inca Pachacútec cuando su pueblo fue sometido.
Llegados los españoles al Perú y capturado Atahualpa, uno de los socios de la conquista, el iletrado Francisco Pizarro, demostraría su sagacidad política al acercarse al Cacique huanca y hacerlo su compadre bautizando a su hija Catalina.
Los Huancas eran una cultura guerrera, muy famosos en la historia por sus sangrientas guerras contra el IMPERIO INCA el cual buscaba someterlos. Este pueblo guerrero y rebelde legó a la historia contemporánea una de las leyendas más famosas, propia de un libro de misterio... El famoso tesoro de la última y legendaria princesa Huanca: CATALINA
Doña Catalina Apu Alaya eran hija de un gran cacique, Oto Apu-Alaya, en pleno dominio INCA sobre los Huancas. Don Francisco Pizarro, tras su llegada al Tahuantinsuyo y conquista del mismo y tras derrotar a las fuerzas traidoras del usurpador ATAHUALPA, tuvo una gran amistad con el cacique padre de la princesa y apadrinó a la pequeña en su bautizo con el nombre de CATALINA.
Catalina Huanca fue una princesa "sin reino", de una gran sencillez y aprecio por los más pobres...su caridad era impresionante y su sola presencia causaba un sentimiento de pasión tanto entre indígenas como españoles... Sus constantes llegadas a la capital con grandes cargamentos de oro y plata para caridad crearon la leyenda del TESORO FAMILIAR el más grande de la estirpe INCA y HUANCA y que muchos aventureros quisieron descubrir. Doña CATALINA jamás reveló de donde procedían los grandes cargamentos de oro y plata, nadie nunca pudo averiguarlo hasta la muerte de la princesa.
Ricardo Palma, el gran escritor peruano nos relata algo sobre ella en sus famosas TRADICIONES PERUANAS.
Tradiciones peruanas - Cuarta serie
Los tesoros de Catalina Huanca
Los huancas o indígenas del valle de Huancayo constituían a principios del siglo VI una tribu independiente y belicosa, a la que el inca Pachacutec logró, después de fatigosa campaña, someter a su imperio, aunque reconociendo por cacique a Oto Apu-Alaya y declarándole el derecho de transmitir título y mando a sus descendientes.
Prisionero Atahualpa, envió Pizarro fuerzas al riñón del país; y el cacique de Huancayo fue uno de los primeros en reconocer el nuevo orden de gobierno, a trueque de que respetasen sus antiguos privilegios. Pizarro, que a pesar de los pesares fue sagaz político, apreció la conveniencia del pacto; y para más halagar al cacique e inspirarle mayor confianza, se unió a él por un vínculo sagrado, llevando a la pila bautismal, en calidad de padrino, a Catalina Apu-Alaya, heredera del título y dominio.
El pueblo de San Jerónimo, situado a tres leguas castellanas de Huancayo y a tres kilómetros del hospital de Ocopa, era por entonces cabeza del cacicazgo.
Catalina Huanca, como generalmente es llamada la protagonista de esta leyenda, fue mujer de gran devoción y caridad. Calcúlase en cien mil pesos ensayados el valor de los azulejos y maderas que obsequió para la fábrica de la iglesia y convento de San Francisco; y asociada al arzobispo Loayza y al obispo de la Plata fray Domingo de Santo Tomás, edificó el convento de Santa Ana. En una de las salas de este santo asilo contémplase el retrato de doña Catalina, obra de un pincel churrigueresco.
Para sostenimiento del hospital, dio además la curaca fincas y terrenos de qué era en Lima poseedora. Su caridad para con los pobres, a los que socorría con esplendidez, se hizo proverbial.
En la real caja de censos de Lima estableció una fundación, cuyo producto debía emplearse en pagar parte de la contribución correspondiente a los indígenas de San Jerónimo, Mito, Orcotuna, Concepción, Cincos, Chupaca y Sicaya, pueblecitos inmediatos a la capital del cacicazgo.
Ella fue también la que implantó en esos siete pueblos la costumbre, que aún subsiste, de que todos los ciegos de esa jurisdicción se congreguen en la festividad anual del patrón titular de cada pueblo y sean vestidos y alimentados a expensas del mayordomo, en cuya casa se les proporciona además alojamiento. Como es sabido, en los lugares de la sierra esas fiestas duran de ocho a quince días, tiempo en que los ciegos disfrutan de festines, en los que la pacha-manca de carnero y la chicha de jora se consumen sin medida.
Murió Catalina Huanca en los tiempos del virrey marqués de Guadalcázar, de cerca de noventa años de edad, y fue llorada por grandes y pequeños.
Doña Catalina pasaba cuatro meses del año en su casa solariega de San Jerónimo, y al regresar a Lima lo hacía en una litera de plata y escoltada por trescientos indios. Por supuesto, que en todos los villorrios y caseríos del tránsito era esperada con grandes festejos. Los naturales del país la trataban con las consideraciones debidas a una reina o dama de mucho cascabel, y aun los españoles la tributaban respetuoso homenaje.
Verdad es que la codicia de los conquistadores estaba interesada en tratar con deferencia a la curaca que anualmente, al regresar de su paseo a la sierra, traía a Lima (¡y no es chirigota!) cincuenta acémilas cargadas de oro y plata. ¿De dónde sacaba doña Catalina esa riqueza? ¿Era el tributo que la pagaban los administradores de sus minas y demás propiedades? ¿Era acaso parte de un tesoro que durante siglos, y de padres a hijos, habían ido acumulando sus antecesores? Esta última era la general creencia.
II
Cura de San Jerónimo, por los ataos de 1642, era un fraile dominico muy mucho celoso del bien de sus feligreses, a los que cuidaba así en la salud del alma como en la del cuerpo. Desmintiendo al refrán «el abad de lo que canta ganta», el buen párroco de San Jerónimo jamás hostilizó a nadie para el pago de diezmos y primicias, ni cobró pitanza por entierro o casamiento, ni recurrió a tanta y tanta socaliña de frecuente uso entre los que tienen cura de almas a quienes esquilmar como el pastor a los carneros.
¡Cuando yo digo que su paternidad era una avis rara!
Con tal evangélica conducta, entendido se está que el padre cura andaría siempre escaso de maravedises y mendigando bodigos, sin que la estrechez en que vivía le quitara un adarme de buen humor ni un minuto de sueño. Pero llegó día en que, por primera vez, envidiara el fausto que rodeaba a los demás curas sus vecinos. Por esto se dijo sin duda lo de
«Abeja y oveja
y parte en la igreja,
desea a su hijo la vieja».
Fue el caso que, por un oficio del Cabildo eclesiástico, se le anunciaba que el ilustrísimo señor arzobispo don Pedro Villagómez acababa de nombrar un delegado o visitador de la diócesis.
Y como acontece siempre en idéntico caso, los curas se prepararon para echar la casa por la ventana, a fin de agasajar al visitador y su comitiva.
Y los días volaban y a nuestro vergonzante dominico le corrían letanías por el cuerpo y sudaba avellanas cavilando en la manera de recibir dignamente la visita.
Pero por más que se devanaba la sesera, sacaba siempre en limpio que donde no hay harina todo es mohína y que de los codos no salen lonjas de tocino.
Reza el refrán que nunca falta quien dé un duro para un apuro; y por esta vez el hombre para el caso fue aquel en quien menos pudo pensar el cura; como si dijéramos, el último triunfo de la baraja humana, que por tal ha sido siempre tenido el prójimo que ejerce los oficios de sacristán y campanero de la parroquia.
Éralo de la de San Jerónimo un indio que apenas podía llevar a cuestas el peso de su partida de bautismo, arrugado como pasa, nada aleluyado y que apestaba a miseria a través de sus harapos.
Hízose en breve cargo de la congoja y atrenzos del buen dominico, y una noche, después del toque de queda y cubrefuego, acercose a él y le dijo:
-Taita cura, no te aflijas. Déjate vendar los ojos y ven conmigo, que yo te llevaré adonde encuentres más plata que la que necesitas.
Al principio pensó el reverendo que su sacristán había empinado el codo más de lo razonable; pero tal fue el empeño del indio y tales su seriedad y aplomo, que terminó el cura por recordar el refrán «del viejo el consejo y del rico el remedio» y por dejarse poner un pañizuelo sobre los ojos, coger su bastón, y apoyado en el brazo del campanero echarse a andar por el pueblo.
Los vecinos de San Jerónimo, entonces como hoy, se entregaban a Morfeo a la misma hora en que lo hacen las gallinas; así es que el pueblo estaba desierto como un cementerio y más obscuro que una madriguera. No había, pues, que temer importuno encuentro ni menos aún miradas curiosas.
El sacristán, después de las marchas y contramarchas necesarias para que el cura perdiera la pista, dio en una puerta tres golpecitos cabalísticos, abrieron y penetró con el dominico en un patio. Allí se repitió lo de las vueltas y revueltas, hasta que empezaron a descender escalones que conducían a un subterráneo.
El indio separó la venda de los ojos del cura, diciéndole:
-Taita, mira y coge lo que necesites.
El dominico se quedó alelado y como quien ve visiones; y a permitírselo sus achaques, hábito y canas, se habría, cuando volvió en sí de la sorpresa, echado a hacer zapatetas y a cantar:
«Uno, dos, tres y cuatro,
cinco, seis, siete,
¡en mi vida he tenido
gusto como éste!».
Hallábase en una vasta galería, alumbrada por hachones de resina sujetos a las pilastras. Vio ídolos de oro colocados sobre andamios de plata y barras de este reluciente metal profusamente esparcidas por el suelo.
¡Pimpinela! ¡Aquel tesoro era para volver loco al Padre Santo de Roma!
Una semana después llegaba a San Jerónimo el visitador, acompañado de un clérigo secretario y de varios monagos.
Aunque el propósito de su señoría era perder pocas horas en esa parroquia, tuvo que permanecer tres días: tales fueron los agasajos de que se vio colmado. Hubo toros, comilonas, danzas y demás festejos de estilo; pero todo con un boato y esplendidez que dejó maravillados a los feligreses.
¿De dónde su pastor, cuyos emolumentos apenas alcanzaban para un mal puchero, había sacado para tanta bambolla? Aquello era de hacer perder su latín al más despierto.
Pero desde que continuó su viaje el visitador, el cura de San Jerónimo, antes alegre, expansivo y afectuoso, empezó a perder carnes como si lo chuparan brujas, y a ensimismarse y pronunciar frases sin sentido claro, como quien tiene el caletre fuera de su caja.
Llamó también y mucho la atención y fue motivo de cuchicheo al calor de la lumbre para las comadres del pueblo que desde ese día no se volvió a ver al sacristán ni vivo ni pintado, ni a tener noticia de él, como si la tierra se lo hubiera tragado.
La verdad es que en el espíritu del buen religioso habíanse despertado ciertos escrúpulos, a los que daba mayor pábulo la repentina desaparición del sacristán. Entre ceja y ceja clavósele al cura la idea de que el indio había sido el demonio en carne y hueso, y por ende regalo del infierno el oro y plata gastados en obsequiar al visitador y su comitiva. ¡Digo, si su paternidad tenía motivo y gordo para perder la chabeta!
Y a tal punto llegó su preocupación y tanto melancolizósele el ánimo, que se encaprichó en morirse, y a la postre le cantaron gori-gori.
En el archivo de los frailes de Ocopa hay una declaración que prestó moribundo sobre los tesoros que el diablo le hizo ver. El Maldito lo había tentado por la vanidad y la codicia.
Existe en San Jerónimo la casa de Catalina Huanca. El pueblo cree a pie juntillas que en ella deben estar escondidas en un subterráneo las fabulosas riquezas de la cacica, y aun en nuestros tiempos se han hecho excavaciones para impedir que las barras de plata se pudran o críen moho en el encierro.
La leyenda sobre un tesoro escondido por Catalina Huanca en algún lugar recóndito de San Jerónimo o la capital peruana, se extendió tanto, que durante años, diversos aventureros lo siguieron buscando, a pesar de que eso significaría pactar con el propio diablo.
Aún existen aventureros y místicos que hablan de una estirpe INCA oculta en las profundidades de la tierra donde en una ciudad de oro aún reinan los patriarcas hijos del sol y en donde CATALINA HUANCA era una princesa que recibía ofrendas de los mismos y que ese tesoro, tan misterioso no es solo riqueza oculta.
http://es.wikisource.org/wiki/Los_tesoros_de_Catalina_Huanca
http://arcangelvs.blogspot.com/
Fuente: http://es.shvoong.com/books/754871-los-tesoros-catalina-huanca/
Catalina Huanca
Varios son los autores que han querido describir a este personaje, pero la mayoría lo ha hecho como un tema de fantasía; como Ricardo Palma, quien ha llevado a Catalina Huanca, a los límites de la leyenda y su tradición. Es el que más ha inspirado y servido de fuente a cuantos han escrito sobre el tema.
Igualmente otros escritores como el general Alejandro Barco, Luis Alayza Paz Soldán, Nicolás Matayoshi, Sarmiento Olaechea, el profesor chupaquino Aquilino Castro Vásquez, quien ha escrito una monografía sobre la parte alta del valle del Mantaro y Benigno Peñaloza Jarrín, entre otros; han escrito sus obras, sin encontrarse concordancia entre uno y otro autor.
La historia dice que entre el finales del siglo XVII y principios del XVIII, llegó a regentar el poder, tanto de los repartimientos de Hanan Huanca y Hatun Xauxa, la cacica Teresa de Apoalaya, hija mayor del cacique Carlos Apoalaya. Años más tarde, Teresa renunció a los curacazgos en favor de su hijo Blas, quien por una alianza matrimonial regentó también el poder en Lurin Huanca.
Existe un expediente de títulos de la comunidad de Huamanmarca, donde se presenta como procuradora de los ayllus, una "...muy poderosa señora Catalina Guanca"; siendo interesante que el mismo esté firmado el día cinco de junio de 1714, cuando era curaca principal del valle, precisamente la mencionada Teresa. Es posible entonces que "Catalina Huanca", sea un seudónimo utilizado por ella; aun cuando es imposible explicar por qué.
Según Ricardo Palma y otros autores; Catalina Huanca, pasaba casi la mitad del año con su pueblo en San Jerónimo y el resto del tiempo en Lima. El trayecto lo hacía sentada en una litera de plata, escoltada por tres centenares de indios y por cada pueblo o caseríos por donde pasaba, era recibida con grandes vivas, en una muestra de respeto que no sólo le profesaban los indígenas, sino igualmente los españoles.
Dice también la leyenda; que en cada retorno de su paseo anual de la Sierra, regresaba a Lima con cincuenta acémilas cargadas de oro y plata. Nadie se explicaba de dónde provenía toda esa riqueza, pero se decía que formaba parte de un tesoro que durante siglos habían ido acumulando sus antepasados.
La mayoría de esos autores, la han descrito como un personaje de gran devoción y caridad. Una mujer muy devota, que en muchas oportu-nidades, contribuyó a la construcción de iglesias y hospitales; regalando azulejos y maderas para el Convento de San Francisco de Lima, en 1620. Que ayudó igualmente a la edificación del Hospital de Santa Ana, con un cuantioso aporte monetario y para su mantenimiento, donó fincas y terrenos que poseía en Lima. Que era muy caritativa con los pobres y estaba siempre dispuesta a prestarles ayuda. Dicen que colaboró mucho con su pueblo, para lo cual estableció en la Real Caja de Censos de Lima, una fundación cuya recaudación serviría para pagar parte de la contribución correspondiente a los indígenas de su cacicazgo, afin-cados en San Jerónimo y los pueblos aledaños de Chupaca, Cincos, Concepción, Mito, Orcotuna y Sicaya.
Según los cronistas de la época, Catalina Huanca falleció a los 90 años de edad en los tiempos del Virrey Marqués de Guadalcázar. Su deceso causó gran pesar y fue muy llorada por gente de todas las edades y condición social. A su sepelio, asistieron miles de personas.
Siempre se creyó que era una mujer muy rica, lo que hizo a muchos imaginar la existencia de un tesoro oculto, que más de uno se aventuró a buscar. Posiblemente tales tesoros no existan más que en la imaginación de algunos escritores, de lo que sí se puede dar fe es que la riqueza de doña Teresa de Apoalaya, consistió de: casas, estancias de ganado mayor y menor, haciendas, ingenios, molinos, solares, tierras de pan llevar y trapiches.
Algunos historiadores, igualmente afirman que Doña Justa Dorregaray Cueva, dama natural de Huamanga (Ayacucho), y madre del Mariscal Andrés Avelino Cáceres, es descendiente de la Princesa Catalina Huanca y de ilustre españoles vascos.
La arquitectura Lima se distinguió por la existencia de grandes edificaciones piramidales hechas con pequeños adobes denominados “adobitos”. Del período Lima Medio, destacan sitios como Cerro Culebras a orilla del Río Chillón, donde se podían ver pinturas murales, representando seres fantásticos con rasgos felinos y antropomorfos. Del Lima Tardío, los asentamientos del valle medio del Rímac, como Cajamarquilla y Catalina Huanca.
En la actualidad el complejo Catalina Huanca, se encuentra ubicado en el distrito de Ate-Vitarte, en la margen izquierda del río Rímac. Un montículo piramidal de grandes dimensiones, parece marcar el lugar. El centro poblado, se encuentra en una quebrada cercana.
Aun se pueden obsevar construcciones con adobes pequeños, al estilo de la Huaca Aramburú y otras edificaciones de tapial y piedra de campo. En los alrededores también queda un antiguo cementerio. Todo ello como un triste recuerdo de aquel gran personaje de leyenda.
http://www.boletindenewyork.com/catalinahuanca.htm
La figura de Catalina Huanca pasa de la leyenda a la historia.
Un historiador del Valle del Mantaro asegura haber confirmado la identidad de la mítica Catalina Huanca en una cacica que gobernó con mano firme y corazón noble las actuales ciudades de Huancayo, Concepción, Chupaca y Jauja durante las primeras décadas del siglo XVIII.
El primero que habló de ella fue don Ricardo Palma. El tradicionalista fiel a su estilo nos contó la historia recargada y asombrosa de una poderosa y rica mujer indígena, que ingresaba a Lima desde la sierra central acompañada por trescientos siervos, trayendo cincuenta acémilas cargadas de oro y plata, tesoro que después repartía entre los pobres o donaba para la construcción de iglesias y hospitales. Esta señora, descendiente de la nobleza huanca, y cuyo padrino era nada menos que Francisco Pizarro, respondía a un sobrenombre mítico: Catalina Huanca.
Desde entonces, la historia sobre su existencia no solo reprodujo leyendas, sino también desató la afiebrada pasión de algunos mortales que dedicaron su vida a buscar los tesoros que esta mujer supuestamente había dejado enterrados en la ruta que viene de Huancayo a Lima. Durante la década de 1950, un viajero italiano, Antonio Inzillo, fundó una compañía dedicada a esta tarea, pero después de múltiples excavaciones tuvo que abandonar la empresa sin nada en los bolsillos. Años atrás, el presidente Luis Sánchez Cerro había sido más osado: convencido por su ministro de gobierno Alejandro Barco, quien estaba seguro de la existencia de entierros incaicos de Catalina en el cerro San Bartolomé, Zárate y El Agustino, ordenó una serie de excavaciones en estos lugares, a cargo de una legión de trabajadores pagados por el erario nacional. Era 1930 y el presidente dio una resolución suprema que declaraba como propiedad del Estado todos estos tesoros precolombinos. Con ello Sánchez Cerro tenía la noble intención de aliviar el déficit fiscal, sin embargo meses después una revuelta lo sacó del poder. Y cuando retornó a la presidencia -vía elecciones en 1931- trató de reanudar la búsqueda, pero tiempo después fue asesinado a la salida del hipódromo de Santa Beatriz. El presidente que lo sucedió, el general Oscar R. Benavides, con más temor que tino ordenó detener las excavaciones y pidió olvidarse de Catalina Huanca. "Yo no quiero morir asesinado", le dijo a sus asesores.
A partir de este momento, la figura de esta mujer dejó de preocupar a los políticos y pasó a la agenda de los historiadores. ¿Existió realmente una mujer indígena rica y poderosa, en pleno dominio colonial español, que ayudaba a indios y ayllus?
País de Jauja
El historiador Aquilino Castro ha dedicado gran parte de su vida a recuperar la memoria de su tierra natal Chupaca y del Valle del Mantaro para remediar, dice, algo que repetía su maestro en San Marcos, Raúl Porras Barrenechea: "nuestros pueblos son ricos en historia, pero pobres en historiadores".
Sus investigaciones lo han llevado a publicar una serie de libros sobre la nación huanca, etnia que ha jugado un papel importante en la historia peruana desde tiempos prehispánicos hasta su participación en la Campaña de la Breña, durante la Guerra con Chile. Justamente Andrés Avelino Cáceres convenció a las comunidades de la región central para que se sumasen a su ejército con una poderosa revelación: "por mis venas corre la sangre de Catalina Huanca".
Algo que no sería falso, pues la madre de Cáceres, doña Justa Dorregaray Cueva, había sido vecina y pariente por línea materna de la poderosa cacica Teresa Apoalaya, que según todas las crónicas, relatos y documentos, reunidos por Aquilino Castro Vásquez sería la verdadera identidad de la famosa Catalina.
En realidad los Apoalaya -la historiadora Ella Dumbar Temple publicó en 1942 un excelente ensayo sobre esta familia en la Revista del Museo Nacional- han sido una de las castas más influyentes de la sierra central peruana. Ellos llegaron a ostentar un gran poder político en el Hanan Huanca (Valle del Mantaro) gracias a su alianza y fidelidad con la dinastía inca cuzqueña. Históricamente apoyaron a Huáscar en su lucha contra Atahualpa, lo que los hizo aparecer como supuestos aliados de los españoles.
Tanto los Apoalaya, como otros caciques huancas, acumularon gran fortuna durante la Colonia, especialmente con la importación de ganadería desde España, y con la formación de las haciendas y obrajes. Según el historiador sanmarquino Carlos Hurtado Ames estos curacas del valle de Jauja tuvieron incluso más poder económico que los propios españoles hasta fines del siglo XVIII. Esta clase pudiente en el corazón de los Andes alimentó la leyenda de la rica y legendaria ciudad de Jauja.
La Cacica
Hacia fines del siglo XVII Carlos Apoalaya, apodado El grande, tenía más de setenta propiedades entre haciendas, obrajes, chorrillos, solares y casas, su riqueza era considerada como la más importante de la sierra central. Cuando muere, en 1698, le sobreviven tres de sus siete hijos: Cristóbal, Teresa y Petrona. Por tradición debía heredarlo su primogénito, pero éste se encontraba refugiado en Lima debido a problemas con la justicia colonial por su negativa a ser capitán de la corona en las montañas del río Ene. Se produjo, entonces, un vacío de poder que fue aprovechado por Teresa, quien se hizo de las tierras de su padre, rompiendo la tradición patriarcal. Primero dominó la zona del Hanan Huanca y después gracias a una serie de alianzas de parentesco consiguió hacerse de los cacicazgos de Hatun Xauxa y Urin Huanca. En la primera década del siglo XVIII, cuando no tenía más de treinta años, "ya dominaba las tres parcialidades más importantes de la nación huanca, lo que hoy serían las ciudades de Huancayo, Concepción, Jauja y Chupaca", dice el historiador Aquilino Castro. Su fortuna, a diferencia del oro y plata de la leyenda, consistía en cinco haciendas, la de Laybe era la mayor con 23 mil ovejas, además de tierras de caña de azúcar, trapiches, obrajes y molinos.
La transformación
Teresa Apoalaya ejerció su poder por cuatro décadas, muriendo en 1735 sin dejar testamento conocido. Se casó tres veces, tuvo tres hijos, y su última boda la realizó cuando ya bordeaba los 60 años con el español Benito Troncoso de Lira y Sotomayor. Tenía la imagen de una mujer de carácter con los poderosos y dadivosa con los indios, en documentos registrados en los años 1712, 1714, 1715 y 1717 dona gran parte de su fortuna a los ayllus de la zona.
Sin embargo, la pregunta pendiente es ¿por qué Teresa Apoalaya se transforma en Catalina Huanca? Según Aquilino Castro ella tomaba esta identidad durante sus viajes a Lima para evitar que su hermano Cristóbal -quien ya había adoptado el nombre de Bartolomé Rodríguez- sea identificado. Y otra razón poderosa era su devoción por Catalina de Siena, su santa protectora.
Según el historiador, quien donó los azulejos para la construcción de la iglesia de San Francisco de Lima no fue ella, como cuenta la célebre tradición de Ricardo Palma, sino su hermana menor Petronia Apoalaya. Y como podemos suponer es probable que ella nunca haya dejado tesoros sembrados en su camino hacia Lima. Eso sí, Laybe, su hacienda más importante, fue vendida en 1761 por una nieta suya a la madre del prócer de la independencia José Baquíjano y Carrillo, y en 1848 pasó a manos de Manuel Salazar Baquíjano, conde de Vista Florida, como una muestra de que los tiempos legendarios de la nobleza descendiente de los incas habían llegado a su fin.
El apellido Apoalaya
Según la historiadora Ella Dumbar Temple cuando Túpac Yupanqui llegó en 1470 al valle de Hatun Mayu encontró como jefe de la parcialidad de Llacsapallanga a Sinchi Canga Alaya. Antes de iniciar una conquista violenta, el inca le ofreció al jefe huanca establecer una alianza estratégica, concediéndole el título de Apo, que significaba poderoso señor. Desde entonces el apellido aymara Alaya se transformó en Apoalaya.
Fuente: http://www.librosperuanos.com/autores/aquilino-castro1.html
http://cool3stnerd.com/the-shrewdness-of-catalina-wanka-in-language-and-how-to-speak-spanish/
http://www.scielo.org.pe/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1728-59172007000300017
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